Capítulo 3
Un piso deshabitado
Luis avanzó por el pasillo del cuarto piso con pasos cautelosos, sintiendo que cada movimiento lo alejaba más de la realidad que conocía. El aroma a su abrigo seguía presente, flotando en el aire como un eco invisible que lo guiaba. No había nadie alrededor, ningún sonido más que el leve crujido de sus propios pasos sobre la alfombra, que parecía amortiguar cualquier ruido externo.
Las puertas de los apartamentos se alineaban a ambos lados del pasillo, todas cerradas y sin señales de vida. Luis intentó abrir una tras otra, pero estaban firmemente cerradas. No había timbres ni placas con nombres. La ausencia de cualquier indicio de vecinos resultaba desconcertante, como si aquel piso hubiera sido abandonado o simplemente nunca habitado.
Miró a su alrededor buscando algún detalle que le resultara familiar. Sin embargo, por más que observaba, no reconocía ningún objeto, ningún mueble o decoración que pudiera pertenecer a alguien conocido o incluso a él mismo. La atmósfera era fría y vacía, pero a la vez había una extraña sensación de intimidad, como si ese lugar, aunque deshabitado, estuviera profundamente conectado con sus recuerdos más íntimos.
Luis se detuvo frente a una ventana al final del pasillo. La vista mostraba una ciudad que parecía la misma pero con ligeras distorsiones: edificios que se desvanecían en la niebla, calles que se curvaban de manera improbable y luces que parpadeaban como si titilaran desde otra dimensión. Una mezcla de realidad y sueño que lo hizo estremecerse.
Decidió regresar al centro del pasillo y apoyarse contra la pared, tratando de ordenar sus pensamientos. ¿Por qué aquel piso estaba vacío? ¿Por qué nadie respondía a su presencia? ¿Era posible que estuviera en un lugar que no solo era paralelo, sino también en una especie de limbo?
Mientras meditaba, un leve susurro llegó a sus oídos, como una voz distante que parecía provenir de las paredes mismas. Luis giró la cabeza buscando el origen de aquel sonido, pero no vio nada. El susurro se desvaneció tan rápido como apareció, dejándolo con una sensación de inquietud creciente.
Decidió avanzar de nuevo, esta vez con menos dudas. Se acercó a la última puerta del pasillo y, para su sorpresa, estaba entreabierta. La empujó lentamente, encontrando un cuarto vacío, sin muebles ni decoraciones, solo paredes desnudas y una pequeña ventana que dejaba entrar una luz tenue y difusa.
En el centro de la habitación, sobre el suelo, había un viejo abrigo colgado en un perchero improvisado. Luis sintió un escalofrío recorrer su espalda al reconocerlo inmediatamente: era su propio abrigo, el mismo que había usado en el ascensor y que parecía ser la llave de ese lugar.
Se acercó y tocó la tela con cuidado. El contacto le recordó momentos pasados, sensaciones y emociones que creía olvidadas. El abrigo parecía contener fragmentos de su vida, atrapados en las fibras de la tela, como si cada hilo fuera una memoria.
Luis se preguntó cómo había llegado ese abrigo hasta allí. ¿Era una trampa, un mensaje, o acaso un puente entre su mundo y este extraño piso? Mientras meditaba, una ráfaga de viento cruzó la habitación, a pesar de que no había ventanas abiertas ni corrientes visibles.
La luz comenzó a cambiar, volviéndose más intensa y luego más tenue en ciclos irregulares. Luis sintió que el espacio alrededor de él se distorsionaba, como si el cuarto piso mismo estuviera respirando y reaccionando a su presencia.
Decidió sentarse en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. Cerró los ojos y trató de concentrarse en el aroma del abrigo, en el susurro lejano, en la sensación de estar atrapado entre dos mundos.
De repente, imágenes comenzaron a fluir en su mente: rostros de personas que conocía, momentos felices y tristes, decisiones que había tomado y caminos que no había elegido. Era como si el cuarto piso fuera una manifestación física de su propio subconsciente, una realidad construida a partir de sus emociones y recuerdos más profundos.
Abrió los ojos sorprendido y miró el abrigo de nuevo. Comprendió que no estaba solo, que ese lugar era una extensión de sí mismo, pero también un espacio donde podía perderse o encontrarse.
Con renovada determinación, Luis se levantó y salió del cuarto vacío. El aroma a su abrigo lo siguió mientras caminaba de regreso al ascensor. Al llegar, presionó el botón para bajar, pero el ascensor no respondió de inmediato. La puerta permaneció abierta, invitándolo a quedarse o a seguir explorando aquel enigma.
Finalmente, la puerta se cerró y el ascensor comenzó a descender lentamente. Luis miró hacia abajo, pero en lugar de ver los números habituales, la pantalla mostraba símbolos extraños y fluctuantes, imposibles de descifrar.
La sensación de familiaridad y extrañeza se mezclaba en su pecho mientras el ascensor bajaba hacia su piso real, el tercero, pero con la certeza de que algo en su vida había cambiado para siempre.
Al salir del ascensor, el olor a su abrigo desapareció, pero la experiencia del cuarto piso quedó grabada en su memoria como un secreto que debía entender. Se preguntó qué significaba realmente ese lugar y qué fuerzas estaban en juego en ese edificio común que ahora parecía tan extraordinario.
Luis decidió que no dejaría pasar el misterio sin respuestas. Sabía que tendría que regresar, explorar más, enfrentar sus propios recuerdos y emociones, y quizás descubrir la verdad detrás del ascensor y el cuarto piso que no debería existir.
Mientras caminaba hacia su apartamento, una última mirada al ascensor reveló una pequeña luz parpadeante en el panel, como si el cuarto piso lo estuviera esperando para su próximo viaje.
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